Anita Moorjani y su experiencia sobrenatural

En el podcast de Goop del 5 de abril de 2018 entrevistan a Anita Moorjani, pero ¿quién es Goop? ¿Quién es Anita Moorjani? Goop es la web de la actriz Gwyneth Paltrow. Anita Moorjani es una escritora que consiguió superar el cáncer cuando estaba al borde de la muerte. Esta semana os traigo el comienzo de esa entrevista. Para escucharla en su totalidad (es en inglés) ir a la web de la Paltrow.

Girasol

Anita Moorjani – Extracto de la entrevista:

El 2 de febrero de 2006 debía haber sido el último día de mi vida. Ese día el equipo médico le comunicó a mi familia que me estaba muriendo. Estaba en un coma profundo dado que me encontraba en el último estadio de un linfoma. Mis órganos se colapsaban. Hacia cuatro años que tenía un linfoma que se había extendido a través del sistema linfático y tenía metástasis. Así que tenía tumores en el pecho y el abdomen, además tenía los pulmones llenos de líquido. Para entonces mi cuerpo había dejado de alimentarse y pesaba alrededor de 38 kilos. Estaba conectada a una máquina que me suministraba oxígeno, a un tubo que me alimentaba. El equipo médico le dijo a mi familia que mis órganos estaban dejando de funcionar uno a uno y que me moría.

Lo que nadie a mi alrededor sabía era que aunque mi cuerpo físico estaba en coma, yo era consciente de todo lo que sucedía. Era consciente del equipo médico que me metía tubos en las venas. Era consciente de la angustia de mi familia. Esto me ocurrió en un hospital de Hong Kong, mi madre y mi marido estaban allí. Mi marido, junto a mi cama, cogía mi mano.

A pesar de tener los ojos físicos cerrados podía ver todo lo que ocurría. La forma en que veía era muy distinta a la forma normal en que vemos cuando usamos los ojos. Era como si estuviera fuera de mi cuerpo. Era como si tuviera una visión periférica de 360 grados y podía ver todo a mi alrededor, todo a la vez.

Entonces empecé a darme cuenta que al no estar en mi cuerpo físico, podía verlo tumbado sobre la cama del hospital debajo de mí. También me di cuenta que me sentía fantástica. Por primera vez en cuatro años me sentí libre. Todo el dolor había desaparecido. Todo el miedo había desaparecido. El miedo al cáncer, el miedo a la muerte, el miedo a los tratamientos. No hay palabras para describir lo que sentí. Algunas veces digo que sentí como si estuviese envuelta en un sentimiento de amor, de amor incondicional. Desde entonces me he dado cuenta que el amor es la ausencia del miedo y como todo mi miedo había desaparecido era como si me envolviese el amor.

Pero no se parece nada al amor que sentimos en esta vida física, aquí en el mundo físico siempre había sentido que tenía que trabajar muy duro para que la gente me quisiera, para ser digna y merecedora de amor. Mientras que al otro lado del velo sentí que se me quería solo por el hecho de existir. No tenía que esforzarme para que se me quisiera, era un amor divino e incondicional. Llegó un momento en que vi la esencia de mi padre que había fallecido 10 años atrás. Mi relación con él había sido muy tormentosa.

Dada mi cultura, soy de etnia india, mis padres me educaron en la idea del matrimonio concertado, pero yo me opuse. Cuando mi matrimonio se concertó, huí. Así que traje la deshonra a mi familia, a mi comunidad, a la familia del futuro novio y a su comunidad. Traje mucha deshonra y vergüenza. Por eso, siempre sentí que había defraudado a mi padre.

Allí estábamos en la otra esfera, su espíritu, su alma y mi alma. Creí que me juzgaría, que alguien me juzgaría, no sé… quizá Dios por todas las cosas malas que había hecho. Pero nadie me juzgó. Solo sentí amor puro e incondicional. Y me di cuenta que cuando morimos, cuando cruzamos al otro lado, no solo dejamos atrás nuestro cuerpo físico, también dejamos atrás nuestro género, nuestra raza, nuestra religión, nuestra cultura y todas las capas de creencias que hemos acumulado a lo largo de esta vida. Todo eso queda atrás. Lo que cruza al otro lado es puro, es nuestra esencia pura. Nuestro espíritu puro.

Etiquetarse por raza, sexo o cultura, todas esas etiquetas nos limitan. Quienes somos es demasiado grande como para ser etiquetado. Es mucho más poderoso y mucho más puro. Mi esencia pura estaba en esa dimensión con la esencia pura de mi padre y lo único que emanaba de él era un amor puro e incondicional. Entonces entendí que todo lo que había hecho hasta ese momento en la vida, todo lo que había hecho que había dañado a otras personas, o lo que había hecho para dañar a mis padres, todo procedía de las capas de mi condicionamiento cultural y de mi rebeldía contra ello.

En otras palabras, al igual que yo era víctima de mi cultura, mi padre también era víctima de esa misma cultura y por eso creía que lo mejor que podía hacer por mí era buscarme un buen marido. Eso era lo que le habían enseñado. Pero me di cuenta que en esa dimensión al deshacernos de todas esas capas vemos a las personas por quien realmente son y no juzgamos. No hay necesidad de juzgar porque no hay nada que juzgar.

Llegó un momento en que mi padre quería que supiese que tenía que volver, que ya no podía permanecer allí más tiempo, que debía volver porque no había llegado mi hora, no había cumplido mi propósito. Yo no quería volver porque todo era tan bello y al otro lado sufría, mi familia sufría y además tenía que cuidar de mí. Pero empecé a darme cuenta que en ese estado, o en esa dimensión, tenía las cosas muy claras, sabía para qué había nacido, sabía por qué había tenido cáncer, sabía cómo cada pensamiento y decisión que había tenido y tomado en mi vida habían contribuido a que yo estuviese tumbada en la cama de un hospital muriéndome.

Sabía que las personas somos mucho más poderosas de lo que se nos ha dado a entender. Me di cuenta que ahora que sabía esto si decidía volver a mi cuerpo físico este sanaría. En aquel instante mi padre me dijo que ahora que sabía la verdad sobre quién era realmente debía volver y vivir con osadía.

Fue entonces cuando empecé a abrir los ojos y salir del coma. Cuando abrí los ojos deliraba, estaba allí tumbada en el hospital, en la Unidad de Cuidados Intensivos, conectada a un montón de tubos y empecé a decirle a mi familia que me iba a poner bien, que no me iba a morir, que papá estaba allí y había dicho que no era mi hora. Lentamente empecé a decir lo que había estado sucediendo en la dimensión física mientras estaba en coma. Empecé a relatar quién me había sacado fluido de los pulmones para que pudiera respirar, o quién me había intentado introducir un tubo en las venas, contaba un montón de cosas y todo el mundo se quedó sorprendido, no entendían cómo podía saber esas cosas. Fue entonces cuando empezaron a darse cuenta que había pasado algo.

En los siguientes cuatro días los tumores encogieron en un 70%. El cuerpo médico no sabía siquiera qué escribir en mi historial médico. Nunca habían visto nada parecido. Tres semanas más tarde me dijeron que no podían encontrar el cáncer pero que iban a seguir buscando por si acaso. A las cinco semanas me dijeron que no había rastro del cáncer y me dejaron marchar a casa. Eso fue en marzo de 2016.

Margaritas lilas

A raíz de su experiencia Anita Moorjani escribió un libro titulado Dying to Be Me. El libro en castellano Morir para ser yo se puede encontrar en La Casa del Libro.

Fotos: Evie Shaffer (portada), Christine Wehrmeier (foto 1), Aaron Burden (foto 2) y Annie Spratt (foto 3), todas en Unsplash.

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